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Capítulo uno de Sueños de dioses y monstruos de Laini Taylor

5/5/14


Sueños de dioses y monstruos
Foro | Cazadoras de historias
Hija de humo y hueso #3 | Laini Taylor
Recomendado | Reseña
Genero: Juvenil
 Fecha de subida: 1 de abril del 2014
 Tarea 


Érase una vezun ángel y un demonio que pusieron las manos sobre sus corazonesy comenzaron el apocalipsis.



1
Helado para las pesadillas



Nervios vibrando y sangre que grita, salvaje y revolviéndose y persiguiendo y devorando y terrible y terrible y terrible...
—Eliza. ¡Eliza!
Una voz. Luz brillante, y Eliza se despertó. Así es como se sentía: cayendo y aterrizando con fuerza.
—Ha sido un sueño —se oyó a sí misma decir—. Sólo ha sido un sueño. Estoy bien.
¿Cuántas veces había dicho esas palabras en su vida? Más de las que podía contar. Pero ésta era la primera vez que se las había dicho a un hombre que había irrumpido heroicamente en su habitación, con un martillo en la mano, para salvarla de ser asesinada.
—Estabas... estabas gritando —dijo su compañero de piso, Gabriel, lanzando miradas a los rincones y sin encontrar ningún rastro de asesinos. Tenía el pelo revuelto por el sueño y estaba maníacamente alerta, agarrando el martillo en alto y preparado—. Quiero decir... gritando de verdad.
—Lo sé —dijo Eliza con la garganta en carne viva—. Hago eso a veces —se sentó derecha en la cama. El latido de su corazón era como el disparo de un cañón —condenatorio y profundo y reverberando por todo su cuerpo, y aunque tenía la boca seca y respiraba de manera superficial, intentó sonar despreocupada—. Siento haberte despertado.
Parpadeando, Gabriel bajó el martillo.
—Eso no es a lo que me refería, Eliza. Nunca he oído a nadie sonar así en la vida real. Era un grito de película de terror.
Parecía un poco impresionado. Lárgate, quería decir Eliza. Por favor. Le empezaron a temblar las manos. Pronto no sería capaz de controlarlo, y no quería un testigo. La bajada de adrenalina podía ser bastante mala después del sueño.
—Te prometo que estoy bien. ¿Vale? Yo sólo...
Mierda.
Temblores. La subida de la presión, el ardor detrás de los párpados, y todo fuera de su control.
Mierda, mierda, mierda.
Se dobló y escondió la cara en la colcha mientras los sollozos brotaban y la dominaban. Tan malo como había sido el sueño —y había sido malo— las secuelas eran peores, porque estaba consciente pero seguía estando indefensa. El terror —el terror, el terror— permanecía, y había algo más. Llegaba con el sueño, cada vez, y no se desvanecía con él sino que se quedaba como algo que hubiera traído la marea. Algo horrible —un cadáver de nivel leviatán abandonado para que se pudra en la costa de su mente. Era el remordimiento. Pero Dios, ésa era una palabra demasiado anodina para aquello. Este sentimiento que le dejaba el sueño, eran cuchillos de pánico y terror descansando justo en lo alto de una herida supurante roja y sustanciosa de culpa.
¿Culpa por qué? Eso era lo peor. Era... Dios santo, era innombrable, y era inmenso. Demasiado inmenso. Nada peor se había hecho jamás, en todo el tiempo, y todo el espacio, y la culpa era suya. Era imposible, y con distancia del sueño Eliza podía descartarla como ridícula.
Ella no había hecho, ni nunca haría... eso.
Pero cuando el sueño la enredaba, nada de eso importaba —ni la razón, ni el sentido, ni siquiera las leyes de la física. El terror y la culpa lo ahogaban todo.
Apestaba.
Cuando los sollozos por fin se sosegaron y alzó la cabeza, Gabriel estaba sentado en el borde de la cama, con aspecto compasivo y alarmado. Ahí estaba esa descarada urbanidad de Gabriel Edinger que sugería una posibilidad más que justa de pajaritas en su futuro. Tal vez incluso un monóculo. Era neurocientífico, probablemente la persona más inteligente que Eliza conocía, y una de las más amables. Los dos eran compañeros de investigación en el Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian —el MNHN— y había sido amistoso pero no amigos durante el último año, hasta que la novia de Gabriel se mudó a Nueva York para su posdoctorado y el necesitó un compañero de piso para cubrir el alquiler. Eliza había sabido que era un riesgo, cruzar horas privadas con horas de trabajo, por esta razón exacta. Ésta.
Los gritos. Los llantos.
No le haría falta escarbar mucho a una parte interesada para determinar las... profundidades de anormalidad... sobre las que había construido esta vida. Como poner tablas sobre arenas movedizas, parecía a veces. Pero el sueño no la había molestado durante un tiempo, así que había cedido a la tentación de fingir que era normal, con nada excepto las preocupaciones normales de una estudiante de doctorado de veinticuatro años con un presupuesto pequeño. La disertación de la presión, un compañero de laboratorio malvado, propuestas para becas, el alquiler.
Monstruos.
—Lo siento —le dijo a Gabriel—. Creo que ya estoy bien.
—Bien. —Tras una pausa incómoda, preguntó animado—, ¿Una taza de té?
Té. Eso era un bonito destello de normalidad.
—Sí —dijo Eliza—. Por favor.
Y cuando él salió sin prisa para poner la tetera, ella se compuso. Se puso su bata, se lavó la cara, se sonó la nariz, se contempló en el espejo. Tenía la cara hinchada y los ojos inyectados en sangre. Genial. Normalmente tenía unos ojos bonitos. Estaba acostumbrada a recibir cumplidos de extraños. Eran grandes y con pestañas largas y eran brillantes —al menos cuando el blanco no estaba rosa de llorar— y eran varios de marrón más claro que su piel, lo que los hacía parecer que resplandecían. Ahora mismo, la dejó helada notar que parecían tener un poco de... locura.
—No estás loca —le dijo a su reflejo, y la declaración tenía el timbre de una afirmación pronunciada a menudo —una confirmación necesitada, y habitualmente dada. No estás loca, y no vas a estarlo.
Más en el fondo corría otro pensamiento más desesperado.
A mí no me ocurrirá. Soy más fuerte que los otros.
Normalmente era capaz de creérselo.
Cuando Eliza se unió a Gabriel en la cocina, el reloj del horno marcaba las cuatro de la madrugada. El té estaba en la mesa, junto con un cartón de helado, abierto, con una cuchara sobresaliendo. Él le hizo un gesto.
—Helado para las pesadillas. Una tradición familiar.
—¿En serio?
—Sí, de verdad.
Eliza intentó, durante un momento, imaginar el helado como una respuesta de su propia familia al sueño, pero no pudo. El contraste era demasiado duro. Alcanzó el cartón.
—Gracias —dijo. Se comió un par de bocados en silencio, tomó un sorbo de té, todo mientras se preparaba para las preguntas que llegarían, como seguro que harían.
¿Con qué sueñas, Eliza?
¿Cómo se supone que voy a ayudarte si no hablas conmigo, Eliza?
¿Qué te pasa, Eliza?
Lo había oído todo ya.
—Estabas soñando con Morgan Toth, ¿verdad? —preguntó Gabriel—. ¿Con Morgan Toth y sus suaves labios?
Vale, eso no lo había oído. A pesar de sí misma, Eliza se rió.
Morgan Toth era su archienemigo, y sus labios eran un buen tema para una pesadilla, pero no, eso ni siquiera se acercaba.
—La verdad es que no quiero hablar de ello —dijo.
—¿Hablar de qué? —preguntó Gabriel, todo inocencia—. ¿Qué es este "ello" de lo que hablas?
—Qué mono. Pero lo digo en serio. Lo siento.
—Vale.
Otro bocado de helado, otro silencio interrumpido por otra no-pregunta.
—Yo tuve pesadillas de niño —ofreció Gabriel—. Durante un año. Muy intensas. Oír a mis padres contarlo, la vida como la conocíamos prácticamente se suspendía. Me daba miedo dormirme, y tenía todos estos rituales y supersticiones. Incluso intenté hacer ofrendas. Mis juguetes favoritos, comida. Supuestamente me oyeron ofrecer a mi hermano mayor en mi lugar. No recuerdo eso, pero él jura que fue así.
—¿Ofrecerle a quién? —preguntó Eliza.
—A ellos. Los que salían en el sueño.
Ellos.
Una chispa de reconocimiento, esperanza. Tonta esperanza. Eliza también tenía un "ellos". Racionalmente sabía que eran una creación de su mente y que no existían en ningún otro sitio, pero en las secuelas del sueño, no siempre era posible permanecer racional.
—¿Qué eran? —preguntó, antes de que considerara lo que estaba haciendo. Si no iba a hablar de su sueño, no debería estar entrometiéndose en el de él. Era una regla para guardar secretos en la que estaba bien versada: No preguntes, y no te preguntarán.
—Monstruos —dijo él, encogiéndose de hombros, y así, Eliza perdió el interés —no a la mención de monstruos, sino a su tono de por supuesto. Cualquiera que podía decir monstruos de esa manera informal, definitivamente nunca había conocidos a los suyos.
—¿Sabes?, ser perseguido es uno de los sueños más comunes —dijo Gabriel, y siguió hablándole de ello, y Eliza siguió sorbiendo té y tomando el ocasional bocado de helado para las pesadillas, y asentía en los momentos correctos, pero en realidad no estaba escuchando. Había investigado minuciosamente sobre análisis del sueño hacía mucho tiempo. No había ayudado antes, ni ayudaba ahora, y cuando Gabriel lo resumió con "son una manifestación de los temores que tenemos despiertos", y "todo el mundo los tiene", su tono era apaciguador y pedante, como si acabara de resolverle el problema.
Eliza quiso decirle, Y supongo que a todo el mundo le ponen un marcapasos a los siete años porque "las manifestaciones de los temores que tienen cuando están despiertos" no dejan de producirles arritmia cardíaca. Pero no lo dijo, porque era el tipo exacto de trivialidad recordable que se menciona en fiestas de cóctel.
¿Sabías que a Eliza Jones le pusieron un marcapasos cuando tenía siete años porque sus pesadillas le producían arritmia cardíaca?
¿En serio? Qué locura.
—¿Y qué te paso? —le preguntó—. ¿Qué les paso a tus monstruos?
—Oh, se llevaron a mi hermano y me dejaron en paz. Tengo que sacrificar una cabra para ellos todos los Michaelmas, pero es un pequeño precio por una buena noche de sueño.
Eliza se rió.
—¿De dónde sacas las cabras? —preguntó, siguiéndoles la corriente.
—De una granja en Maryland. Cabras certificadas para el sacrificio. Corderos también, si lo prefieres.
—¿Quién no? ¿Y qué demonios es Michaelmas?
—No lo sé. Me lo he inventado.
Y Eliza experimentó un momento de gratitud, porque Gabriel no se había entrometido, y el helado y el té e incluso su irrtación con su parloteo de erudito habían ayudado a aliviar las secuelas. Se estaba riendo de verdad, y eso era algo.
Y entonces su teléfono vibró en la superficie de la mesa.
¿Quién la llamaba a las cuatro de la madrugada? Lo alcanzó...
... y cuando vio el número en la pantalla, se le cayó —o posiblemente lo lanzó. Con un crac golpeó un armario y rebotó en el suelo. Durante un segundo tuvo la esperanza de que lo había roto. Se quedó ahí, en silencio. Muerto. Y entonces —bzzzzzzzzzzzz— ya no estaba muerto.
¿Cuándo se había sentido mal por no romper su teléfono?
Era el número. Sólo dígitos. Sin nombre. No aparecía ningún nombre porque Eliza no había guardadoese número en su teléfono. Ni siquiera se había dado cuenta de que lo había memorizado hasta que lo vio, y fue como si hubiera estado todo el tiempo, cada momento de su vida desde... desde que había escapado. Estaba todo ahí, estaba todo justo ahí. El puñetazo en el estómago fue inmediato y visceral y nada disminuido por los años.
—¿Todo bien? —le preguntó Gabriel, inclinándose para recoger el teléfono. Casi le dijo ¡No lo toques!pero sabía que esto era irracional, y se detuvo a tiempo. En vez de eso, simplemente no lo cogió cuando él se lo tendió, así que tuvo que dejarlo en la mesa, aún vibrando.
Se quedó mirándolo. ¿Cómo la habían encontrado? ¿Cómo? Se había cambiado el nombre. Habíadesaparecido. ¿Habían sabido siempre dónde estaba, habían estado vigilándola todo este tiempo? La idea la horrorizó. Que los años de libertad pudieran haber sido una ilusión...
El zumbido se detuvo. La llamada entró en el buzón de voz, y el latido de Eliza volvía a ser como un cañón: explosión tras explosión estremeciéndola. ¿Quién era? ¿Su hermana? ¿Uno de sus "tíos"?
¿Su madre?
Quién fuera, Eliza sólo tuvo un momento para preguntarse si dejarían un mensaje —y si ella se atrevería a escucharlo si lo hacían— antes de que el teléfono emitiera otro zumbido. No un mensaje de voz. Un mensaje de texto.
Decía: Enciende la televisión.
¿Enciende la...?
Eliza levantó la mirada del teléfono, profundamente inquieta. ¿Por qué? ¿Qué quería que viera en televisión? Ni siquiera tenía televisión. Gabriel la miraba atentamente, y sus ojos se encontraron en el instante en que oyeron el grito. Eliza casi saltó de su piel, levantándose de la silla. De algún lugar en el exterior llegó un largo e ininteligible chillido. ¿O era dentro? Era alto. Estaba en el edificio. Espera. Esa era otra persona. ¿Qué demonios estaba pasando? La gente estaba gritando de... ¿conmoción? ¿Alegría? ¿Terror? Y entonces el teléfono de Gabriel también empezó a vibrar, y el de Eliza recibió una repentina cadena de mensajes —bzzz bzzz bzzz bzzz bzzz. De amigos esta vez, incluyendo a Taj en Londres, y Catherine, que estaba haciendo trabajo de campo en Sudáfrica. Variaban la palabras, pero todos eran una versión de la misma inquietante orden: Enciende la televisión.
¿Estás viendo esto?
Despierta. Televisión. Ahora.
Hasta el último. El que hizo que Eliza quisiera enroscarse en posición fetal y dejar de existir.
Vuelve a casa, decía. Te perdonamos.





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