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3 Capítulos de Winter (Crónicas lunares #4) Marissa Meyer (Español completos)

26/11/15





Titulo: Winter
  • Autor: Marissa Meyer
  • Serie: Crónicas lunares #1
  • Precio: No disponible
  • Editorial: No disponible
  • Gracias a Cress" Marissa Meyer Español por los capítulos
No Disponible en México
9780312642983



Cuando la princesa Winter tenía trece años, en la corte lunar corría el rumor de que pronto su glamour sería incluso más hermoso y arrebatador que el de su madrastra, la reina Levana. En un arrebato de celos, Levana desfiguró el rostro de Winter. Cuatro años más tarde, Winter se ha jurado a sí misma que jamás utilizará el glamour. A pesar de sus cicatrices, la belleza natural de Winter, su gracia y su amabilidad se están ganando de entre la población lunar un tipo de admiración que ninguna cantidad de manipulación mental podría conseguir.
Winter odia a su madrastra, pero nunca ha soñado con oponerse a ella... hasta que se da cuenta de que tal vez sea la única con el poder suficiente para enfrentarse a la reina.

Trilogía 

1. Cinder
2. Scarlet 
3. Cress 
4. Winter (Noviembre 2015)




Capítulo 1


Por Macn Canner

Los dedos de los pies de Winter se habían convertido en cubitos de hielo. Estaban tan fríos como el espacio. Tan fríos como el lado oscuro de la Luna. Tan fríos como...

—…Las cámaras de seguridad lo vieron entrar a los niveles subterráneos del centro médico AR-Central a las 23:00 U.T.C…—.

El Taumaturgo Aimery Park sonreía mientras hablaba, su voz era serena y mesurada, como una balada. Era fácil perder el hilo de lo que estaba diciendo, era fácil dejar que todas sus palabras se desdibujaran y se unieran. Winter curvó los dedos de los pies dentro de sus zapatos de suela delgada, temerosa de que, si se enfriaban más antes de que el juicio terminara, terminarían por despedazarse.

—...Intentaba interceptar a uno de los caparazones que ya estaba bajo custodia...”

Despedazarse. Uno por uno.

—... Los registros indican que el niño caparazón era el hijo del acusado, adoptado el 29 de julio del año pasado. Ahora tiene catorce meses de edad—.
Invierno apretó sus manos en su regazo, escondiéndolas en los pliegues de su vestido. Estaban temblando de nuevo. Parecía como si estuviera temblando siempre en estos días. Estrujó los dedos para mantenerlos quietos. Presionó las plantas de los pies en el duro suelo. Luchó para concentrarse en la sala del trono antes de que se disolviera por completo.

La vista era impresionante desde la torre central del palacio. Desde aquí, Winter podía ver al Lago Artemisia reflejar al blanco palacio hacia el cielo y a la ciudad que se extendía hasta el borde de la enorme cúpula clara que la abrigaba de los recursos externos... o de la falta de estos. La sala del trono en sí fue construida para extenderse más allá de las paredes de la torre, de modo que si uno caminaba más allá del piso de mosaico, se encontraba con un balcón de vidrio transparente. Como flotar en el aire, a punto de caer en picado a las profundidades cráter del lago.

Al mirar a su izquierda, pudo distinguir los bordes de las uñas de su madrastra clavarse en el brazo de su trono, un impotente asiento tallado en piedra blanca. Normalmente, su madrastra mantenía la calma durante estos procedimientos, y escuchaba pacientemente los juicios sin una pizca de emoción. Winter estaba acostumbrada a ver los dedos de Levana acariciar pausadamente el brazo pulido de su trono, no estrangularlo. Pero habían tenido mucha tensión en el palacio desde que Levana y su séquito habían regresado de la Tierra, y su madrastra se había vuelto aún más iracunda que de costumbre estos últimos meses.

Desde que esa fugitiva Lunar, esa ciborg, se escapó de la prisión terrestre.

Desde que la guerra entre la Luna y la Tierra estalló.

Desde que el prometido de la reina fue secuestrado, y Levana había perdido la oportunidad de ser coronada como emperatriz.

Winter apartó los ojos de los dedos de la reina. El planeta azul colgaba por encima de ellos en un infinito cielo negro, parecía como si alguien hubiera tomado un cuchillo y lo hubiera cortado perfectamente a la mitad. Había pasado una semana de la larga noche, y la ciudad de Artemisia resplandecía con farolas de color azul pálido y brillantes ventanas de cristal, las luces bailaban a través de la superficie del lago y se reflejaban en el techo de la cúpula.

Una semana. Sin embargo Winter sentía que habían pasado años desde la última vez que vio el sol.

— ¿Cómo sabía lo de los caparazones?— Preguntó la reina Levana, su voz resonaba en las lisas superficies de la sala del trono. — ¿Por qué no se creyó que su hijo fue ejecutado al nacer?—.

Sentados alrededor del resto de la habitación, en cuatro filas escalonadas, se encontraban las familias. La corte de la reina. Los nobles de Luna, que se habían ganado el favor de Su Majestad por su eterna lealtad, su extraordinario manejo del don Lunar, o la simple suerte de haber nacido en la gran ciudad de Artemisia.

Entonces, lastimosamente superado en número, estaba el hombre de rodillas al lado de taumaturgo Park. Él no había tenido tanta suerte.

Tenía las manos juntas, suplicando. Winter deseaba poder decirle que eso no cambiaría nada. Que todos sus ruegos serían en vano. Le pareció que sentiría consuelo en saber que no había nada que pudiera hacer para evitar la muerte. Los que se habían resignado a ese final incluso antes de que la reina lo dictaminara, parecían haberlo sufrido menos.

Apartando la mirada del hombre, fijó su atención en sus manos, aún con garras alrededor de su falda blanca de gasa. Al parecer, sus dedos también habían empezado a escarcharse. Era bonito, de alguna forma. Relucientes, brillantes y fríos, tan fríos...

—Tu Reina te ha hecho una pregunta— dijo Aimery.

Winter se estremeció, como si se lo hubiera dicho a ella.

Concentrarse. Debía tratar de concentrarse.

Levantó la cabeza y respiró profundo.
Aimery vestía de blanco ahora, después de haber reemplazado a Sybil Mira como Taumaturgo Mayor de la reina. El bordado de oro en su abrigo brillaba mientras se paseaba frente al prisionero.

—Lo siento, Su Majestad— dijo el hombre, refrenando su voz. Winter no podía decir si ocultaba odio por su soberana, o simplemente trataba de evitar romper en llanto. —Mi familia y yo le hemos sido leales durante generaciones. Soy un conserje del centro médico, y he oído rumores, ¿sabe? No eran de mi incumbencia, así que nunca me importaron, y nunca los escuché. Pero... cuando mi hijo nació caparazón...— Gimió. —Bueno, es mi hijo—.

— ¿No crees— dijo Levana, su voz sonaba fuerte y nítida —que podría haber una razón para que tu reina haya optado por mantener a tu hijo y a todos los demás caparazones separados de nuestros ciudadanos? ¿Que pudiéramos estar actuando a favor del bienestar de todos nuestros ciudadanos al retenerlos como hemos estado haciéndolo?—.

El hombre tragó saliva, con fuerza suficiente como para que Winter pudiera ver moverse su nuez de Adán. —Lo sé, mi reina. Sé que utilizan su sangre para algún tipo de... experimentación. En sus laboratorios. Pero... pero ustedes ya tienen muchos, y él es solamente un bebé, y…—

—No sólo su sangre es valiosa para el éxito de nuestros esfuerzos de guerra y nuestras alianzas políticas, temas que no espero que un conserje de los sectores exteriores entienda, pero también es un caparazón, y ellos han demostrado ser peligrosos y poco fiables, como seguramente recordará de los asesinatos perpetrados contra el rey y la reina Marrok Jannali hace dieciocho años. ¿Expondría aun así a nuestra sociedad a esta amenaza?—.

Los ojos del hombre estaban locos de miedo. — ¿Amenaza, mi reina? Es un bebé—. Hizo una pausa. No mostraba total rebeldía, pero su falta de remordimiento haría que Levana se enfureciera rápidamente. —Y los otros que vi en los tanques... muchos de ellos eran niños. Inocentes niños—.

La habitación parecía relajarse.

Claramente, sabía demasiado. El infanticidio de los caparazones había estado en vigor desde el reinado de la hermana de Levana, la Reina Channary, después de que un caparazón se coló en el palacio y asesinó a sus padres. Muchos ciudadanos, pero ciertamente no todos, se habían convencido de que la precaución era necesaria, y a nadie le agradaría saber que sus bebés no habían muerto, sino que en realidad fueron encerrados y usados como pequeñas fábricas de plaquetas sanguíneas.

Winter parpadeó, imaginando su propio cuerpo como una fábrica de plaquetas sanguíneas.

Volvió su mirada a sus dedos, y vio que el hielo ya se había extendido casi hasta sus muñecas.

Eso no sería bueno para las cintas transportadoras de plaquetas.

— ¿El acusado tiene una familia?— Preguntó la reina.

Aimery asintió con la cabeza. —Los registros indican que tiene una hija, de nueve años. No hemos sido capaces de localizarla, pero su búsqueda está en curso. También tiene dos hermanas, dos sobrinos y una sobrina. Todos viven en el Sector GM-12—.

— ¿No tiene esposa?—.

—Murió hace cinco meses de envenenamiento por regolito—.

El prisionero miró a la reina, con los ojos llenos de desesperación.

El tribunal comenzó a moverse, sus vívidas ropas se agitaron y revolotearon. Este juicio había durado demasiado. Empezaban a aburrirse.

Levana se apoyó en el respaldo de su trono. —Esta corte lo declara culpable de transgresión y tentativa de robo en contra de la corona. Este delito se castiga con la muerte inmediata—.

El hombre se estremeció, pero su rostro permaneció suplicante, esperanzado. Siempre parecía tomarles unos segundos comprender esa sentencia.

—Sus familiares recibirán una docena de azotes públicos, cada uno, para recordarle a todos en su sector que seguramente no comprenden el funcionamiento interno de nuestro gobierno y que no voy a tolerar que mis decisiones sean cuestionadas de nuevo—.

La cabeza del hombre comenzó a caer, quedando boquiabierto.

—Su hija, cuando sea encontrada, será regalada a una de las familias de la corte. Allí, se le enseñará la obediencia y la humildad que obviamente no ha aprendido bajo su tutela—.

—No, por favor. Permítale vivir con sus tías. ¡Ella no ha hecho nada malo!—.

—Aimery, proceda—.

— ¡POR FAVOR!—.

—Su reina ha hablado— dijo el taumaturgo Aimery. A pesar de no levantar la voz, retumbó por toda la sala del trono en los oídos de los taumaturgos de menor rango, los guardias, el tribunal, los sirvientes, y la reina, la única jueza y jurado. Su voz era sofocante. —Su palabra es definitiva—.

Aimery sacó un cuchillo de una de sus mangas acampanadas y le extendió el mango al prisionero, cuyos ojos se habían ensanchado por la histeria.
La sala se volvió más fría. Winter notó que su respiración se convertía en cristales de hielo. Se estremeció y apretó sus brazos contra su cuerpo.
El prisionero tomó el mango del cuchillo. Su mano era firme. El resto de su cuerpo estaba temblando.

—Por favor. Mi niña... Soy todo lo que tiene. Por Favor. Mi reina. ¡Su Majestad!—.

Levantó la hoja hasta la garganta.

Aquí fue cuando Winter miró hacia otro lado. Cuando siempre miraba hacia otro lado. Observó sus propios dedos hundirse en su vestido, sus uñas rasparon el tejido hasta que sintió molestia en sus muslos. Vio subir el hielo sobre sus muñecas, hacia los codos. Conforme el hielo avanzaba, su carne se entumeció.

Se imaginó que atacaba a la reina con sólidos puños de hielo. Imaginó sus manos rompiéndose en miles de carámbanos.

Ya estaba alcanzando sus hombros. Su cuello.

Incluso con el estallido y crujido del hielo, oyó la carne agrietarse. El borboteo de la sangre. Un sonido amordazado. La dura caída del cuerpo.
La bilis se retorció hasta la garganta de Winter. El frío se había apoderado de su pecho. Cerró los ojos, recordando que tenía calmarse y respirar. Podía oír la voz firme de Jacin en su cabeza, sus manos agarrando sus hombros. No es real, princesa. Sólo es una ilusión.

Por lo general, eso ayudaba, incluso si sólo recordaba ayudarla a persistir contra el pánico. Pero esta vez, parecía acelerar el paso del hielo. Abarcando su caja torácica. Royendo su estómago. Endureciendo su corazón. Congelándola desde adentro.

Escucha mi voz.

Jacin no estaba allí.

Quédate conmigo.

Jacin se había ido.

Todo está en tu mente.

Oyó el repique de las botas de los guardias cuando se acercaron al cuerpo. El cadáver siendo arrastrado hacia el balcón. El empujón. Momentos después, el chapoteo abajo.

La corte aplaudió con apacible cortesía.

Winter sintió que los dedos de sus pies se despedazaban. Uno. Por. Uno.

Estaba muy entumecida para notarlo.

—Muy bien— dijo la reina Levana. —Taumaturgo Tavaler, asegúrese de que el resto de la condena sea debidamente cumplida.

—Sí, mi reina—.

Winter se obligó a abrir los ojos. El hielo se había abierto paso hasta la garganta ahora, subiendo hasta su mandíbula. Las lágrimas se congelaron dentro de sus conductos lagrimales. La saliva se cristalizó dentro de su boca.

En el centro de la habitación, un siervo quitaba la sangre de los azulejos. Aimery limpiaba su cuchillo con un paño. Se encontró con la mirada de Winter y sonrió mordazmente. "Me temo que la princesa no tiene estómago para estos procedimientos."

Los nobles de la audiencia rieron entre dientes, el disgusto de Winter por los juicios era una fuente de alegría para la mayor parte de la corte de Levana.

Oyó el crujido de la túnica de su madrastra cuando la reina se volvió para mirarla, pero Winter ya no podía levantar la mirada. Era una chica de hielo y vidrio. Sus dientes eran frágiles, sus pulmones eran fáciles de romper.

—Sí— dijo Levana. —Siempre me olvido de que está aquí. Eres tan inútil como una muñeca de trapo, ¿no es cierto, Winter?—.

El público se rio de nuevo, más fuerte esta vez, como si la reina hubiera dado permiso de burlarse de la joven princesa. Pero Wnter no podía responder, no a la reina, no a la risa. Mantuvo la mirada fija en el taumaturgo, tratando de ocultar su pánico.

—Oh no, ella no es tan inútil— dijo Aimery, sin dejar de sonreír. Mientras Winter lo miraba, dibujó una delgada línea carmesí a lo largo de su garganta, la sangre burbujeaba de la herida. — ¿La chica más bella de toda la Luna? Algún día, se convertirá en una muy feliz novia de algún miembro de esta corte, diría yo—.

— ¿La chica más bella, Aimery?— El ligero tono de Levana casi ocultaba la molestia.

Aimery hizo una reverencia sin problemas. —Solamente la más bella, Mi Reina. Pero ningún mortal podía compararse con su perfección—.

El tribunal se apresuró a asentir, ofreciendo un centenar de elogios a la vez, a pesar de que Winter aún podría sentir las miradas lascivas de más de un noble sobre ella.

Aimery dio un paso hacia el trono y su decapitada cabeza cayó, golpeando contra el mármol y rodó, rodó y rodó, hasta que se detuvo a los congelados pies de Winter.

Aún sonreía.

Gimió, pero el sonido fue enterrado por la nieve en su garganta.

Todo está en tu mente.

—Silencio— dijo Levana, después de recibir suficientes alabanzas. — ¿Es todo por hoy?—.

Por último, el hielo alcanzó sus ojos y Winter no tuvo más remedio que cerrarlos frente a la aparición de Aimery decapitado, encerrándose en el frío y la oscuridad.

Iba a morir aquí sin quejarse. Quedaría enterrada debajo de toda esa falta de vida. Nunca tendría que presenciar otro homicidio más.

—Todavía hay un preso más para juzgar, mi reina—. La voz de Aimery resonó en el frío vacío de la cabeza de Winter. —Sir Jacin Clay, guardia real, piloto, y protector asignado de la taumaturgo Sybil Mira—.

Winter se quedó sin aliento y rompió el hielo, un millón de afilados trozos brillantes explotaron en la sala del trono y se deslizaron por el suelo. Nadie más los oyó. Nadie más lo notó.

Aimery, con su cabeza obviamente intacta, la miraba de nuevo, como si hubiera estado esperando ver su reacción. Su sonrisa era sutil cuando volvió su atención en la reina.

—Ah, sí— dijo Levana. —Tráiganlo




Capítulo 2


Por Macn Canner
Las puertas de la sala del trono se abrieron, y allí estaba él, resguardado por dos guardias, con sus muñecas atadas detrás de la espalda. Su cabello rubio estaba revuelto y enmarañado, algunos mechones colgaban hasta su mandíbula. Se veía como si no hubiera tomado una ducha en mucho tiempo, pero Winter no pudo detectar signos evidentes de maltrato.

Se le revolvió el estómago. Todo el calor que el hielo le había robado regresó rápidamente a la superficie de su piel.

Quédate conmigo, princesa. Escucha mi voz, princesa.

Fue llevado al centro de la habitación, totalmente estoico. Winter clavó las uñas en las palmas.

Jacin no la miró. Ni una sola vez.

—Jacin Clay— dijo Aimery —ha sido acusado de traición a la Corona por no proteger a la taumaturgo Mira y no detener a una conocida fugitiva Lunar a pesar de casi dos semanas en la compañía de dicha fugitiva. Ha traicionado a la Luna y a nuestra Reina. Estos delitos se castigan con la muerte. ¿Qué tiene que decir en su defensa?—.

El corazón de Winter tronó como un tambor contra sus costillas. Le dirigió una mirada suplicante a su madrastra, pero Levana no le prestaba atención.

—Me declaro culpable de todos los delitos señalados— dijo Jacin, recobrando la atención de Winter —excepto la acusación de que soy un traidor—.

Las uñas de Levana revoloteaban contra el brazo de su trono. —Explíquese—.

Jacin se veía tan alto y robusto como si usara el uniforme, como si estuviera de servicio, no en juicio. —Como he dicho antes, no apresé a la fugitiva mientras estuve en su compañía, porque trataba de ganarme se confianza, con el fin de reunir información para mi reina—.

—Ah, sí, espiaba a ella y sus compañeros— dijo Levana. —Recuerdo que me dio esa excusa cuando fue capturado. También recuerdo que no tenía información pertinente que darme, solo mentiras—.

—No fueron mentiras, mi reina, tengo que admitir que subestimé al ciborg y a sus habilidades. Me las ocultó bien—.

—Puedo ver qué bien se ganó su confianza—. Había burla en el tono de la reina.

—Conocer las habilidades del ciborg no era la única información que buscaba, mi reina—.

—Le sugiero que se deje de juegos de palabras. Mi paciencia con usted ya se está agotando—.

El corazón de Winter se perturbó. No Jacin. No podía sentarse allí y ver cómo mataban a Jacin.

Decidió que abogaría por él, aunque el plan tenía un gran defecto. ¿Qué tenía para intercambiar? Nada más que su propia vida, y Levana no aceptaría eso.

Podría fingir un ataque. Entrar en histeria. Sería difícil parecer convincente a estas alturas, y podría distraerlos durante un tiempo, pero sólo retrasaría lo inevitable.

Había sentido desespero muchas veces en su vida, pero nunca algo como esto.

Sólo podía hacer una cosa, entonces. Lanzaría su propio cuerpo delante de la cuchilla.

Oh, Jacin, odiaría eso.

Inconsciente de la más reciente resolución de Winter, Jacin inclinó respetuosamente la cabeza. —Durante mi tiempo con Linh Cinder, descubrí información sobre un dispositivo que puede anular los efectos del don Lunar cuando se conecta al sistema nervioso de una persona—.

Esto causó un curioso movimiento entre la multitud. Espaldas rígidas, hombros expectantes.

—Imposible— dijo Levana.

—Linh Cinder tenía evidencia de su potencial. Según se me describió, en un Terrestre, el dispositivo impedirá que su bioelectricidad sea manipulada. Pero en un Lunar, evitará que use su don por completo. Linh Cinder tenía el dispositivo instalado cuando llegó al baile de la Comunidad. Sólo fue capaz de usar su don cuando se destruyó, como pudo ver con sus propios ojos, mi reina—.

Sus palabras tenían un aire de impertinencia. Los nudillos de Levana pusieron blancos.

—¿Cuántos de esos hipotéticos dispositivos existen?—.

—Hasta donde sé, sólo el dispositivo roto instalado en el ciborg. Pero sospecho que aún existen modelos o planos. El inventor fue el padre adoptivo de Linh Cinder—.

Las manos de la reina empezaron a relajarse. —Esta es una información interesante, Sir Clay. Pero parece más un intento desesperado de salvarse a si mismo, que verdadera inocencia—.

Jacin se encogió de hombros, indiferente. —Si mi lealtad no se puede ver en la forma en que traté al enemigo, en obtener esta información y en alertar a la Taumaturgo Mira del complot para secuestrar al emperador Kaito, no sé qué otra evidencia puedo proporcionarle, mi reina—.

—Sí, sí, la denuncia anónima recibida por Sybil que la alertaba de los planes de Linh Cinder—. Levana suspiró. —Creo que es demasiado conveniente que esa comunicación que afirma haber enviado fuera vista únicamente por Sybil, que ahora está muerta—.

Por primera vez, Jacin parecía inseguro bajo la dura mirada de la reina. Aún no había mirado a Winter.

La reina se volvió hacia Jerrico Solis, su capitán de guardia. Como muchos de los guardias de la reina, Jerrico la hacía sentir incómoda, y a menudo tenía fantasías de su anaranjado cabello en llamas y el resto de su cuerpo quemándose hasta convertirse en carbón ardiente. —Usted estaba con Sybil cuando emboscó la nave del enemigo ese día, aunque dijo que Sybil no había mencionado tal comunicación. ¿Tiene algo que agregar?—.

Jerrico dio un paso adelante. Había regresado de su excursión Terrestre con una parte justa de moretones, pero habían comenzado a desvanecerse. —Mi Reina, la Taumaturgo Mira se veía confiada en que encontraríamos a Linh Cinder en esa azotea, pero no mencionó haber recibido cualquier información, anónima o no. Cuando la nave aterrizó, fue la Taumaturgo Mira quien ordenó que Jacin Clay fuera puesto en custodia—.

La ceja de Jacin se crispó. —Tal vez seguía molesta por haberle disparado—. Hizo una pausa, antes de añadir: —Aunque, en mi defensa, fue bajo el control de Linh Cinder—.

—Parece que tiene mucho que decir en su defensa— dijo Levana.

Jacin no respondió. Era el prisionero más tranquilo que Winter hubiera visto, a pesar de que sabía mejor que nadie las cosas horribles que sucedieron en este suelo, en el mismo lugar donde se encontraba. Levana debió haberse enfurecido por su audacia, pero parecía meramente pensativa.

—Solicito permiso para hablar, mi Reina—.

La multitud se agitó, y Winter tuvo que tomarse un momento para discernir quién había hablado. Era un guardia. Uno de los silenciosos adornos del palacio. Aunque lo reconoció, no sabía su nombre.

Levana lo fulminó con la mirada, y Winter la imaginó decidiendo si concederle el permiso o castigar al hombre por atreverse a hablar. Por último, dijo: — ¿Cuál es tu nombre, y por qué te atreves a interrumpir este juicio?—.

El guardia dio un paso adelante, mirando a la pared, como siempre. —Mi nombre es Liam Kinney, Mi Reina. Ayudé a recuperar el cuerpo de la taumaturgo Mira—.

Se volvió a Jerrico, quien asintió para confirmarlo. —Prosiga— dijo Levana.

—La Señora Mira tenía un portavisor cuando la encontramos, y aunque se rompió en la caída, se sigue presentado como evidencia en el caso de su asesinato. No estoy seguro si alguien ha tratado de recuperar el supuesto comm—.

Levana volvió su atención a Aimery, cuyo rostro mostró una fachada que Winter reconoció. Su expresión denotaba carisma, a pesar de estar molesto. —De hecho, nos las arreglamos para tener acceso a sus comunicaciones recientes. Estaba a punto de presentar la evidencia—.

Era una mentira, pero eso le dio esperanza a Winter. Aimery era un gran mentiroso, sobre todo cuando actuaba a favor de sus intereses. Y odiaba a Jacin. No iba a hacer nada que pudiera ayudarlo.

Esperanza. Frágil, endeble y patética esperanza.

Aimery un gesto hacia la puerta y un sirviente se acercó, llevando un portavisor destrozado y un nodo holográfico en una bandeja. —Este es el portavisor que Sir Kinney mencionó. Nuestra investigación ha confirmado que, en efecto, Sybil Mira recibió una comm anónima ese día—.

El criado encendió el nodo y un holograma brilló en el centro de la habitación, detrás de él, Jacin se desvaneció como un fantasma.

El holograma mostró un conciso comm.

Linh Cinder trata de secuestrar emperador de la CO.
Escape planeado en la azotea de la torre norte, a la puesta del sol.

Mucha importancia en tan pocas palabras. Era el estilo de Jacin.

Levana leyó las palabras con los ojos entrecerrados. —Gracias, Sir Kinney, por presentarnos esta información—. Con eso insinuaba que no agradecía a Aimery.

El guardia, Kinney, se inclinó y regresó a su posición. Su mirada se dirigió furtivamente a Winter, carente de expresión, antes volver a ver la pared del fondo.

Levana continuó: —Supongo que me dirá, Sir Clay, que este es el comm que envió—.

—Así es—.

—¿Tiene algo más que añadir antes de emitir mi veredicto?—.

—Nada, mi Reina—.

Levana se reclinó en su trono y la sala entró en silencio, todo el mundo esperaba la decisión de la reina.

—Estoy segura de que a mi hijastra le encantaría que lo perdonara—.

Jacin no reaccionó, pero Winter se estremeció con la soberbia en el tono de su madrastra. —Por favor, madrastra— susurró, las palabras se aglutinaban en su lengua seca. —Es Jacin. Él no es nuestro enemigo—.

—Quizas no es tu enemigo— dijo Levana. —Pero tú eres una ingenua y estúpida niña—.

—Eso no es cierto. Soy una fábrica de sangre y plaquetas, y toda mi maquinaria se está empezando a congelar y…—.

El tribunal se echó a reír, y Winter retrocedió. Incluso los labios de Levana temblaron, aunque no se molestó en ocultar su diversión.

—He tomado mi decisión— dijo, su atronadora voz demandó silencio. —He decidido dejar al prisionero vivo—.

Winter lanzó un chillido de alivio. Se llevó una mano a la boca, pero ya era demasiado tarde para ahogar el ruido.
Hubo más risas de la audiencia.

—¿Tiene algo más que agregar, princesa?— dijo Levana entre dientes.

Winter calmó sus emociones, tan bien como pudo. —No, mi reina. Sus resoluciones son siempre sabias y definitivas, Mi Reina—.

—Aun no he terminado—. La voz de la reina se endureció cuando se dirigió a Jacin de nuevo. —Su fallo en matar o capturar Linh Cinder no quedará impune, ya que su incompetencia llevó al éxito del secuestro de mi prometido. Por este crimen, lo sentencio a treinta latigazos autoinfligidos en la plaza central, seguido de cuarenta horas de penitencia. Su condena iniciará mañana al amanecer—.

Winter se estremeció, pero incluso ese castigo no pudo acabar con el alivio en su estómago. Él no iba a morir. Ella no era una chica de hielo y cristal, sino una chica de luz y alegría, porque Jacin no iba a morir.

—Y, Winter…—.

Regresó su atención a su madrastra, quien la miraba con desdén. —Si intentas llevarle comida, voy a tener que cortarle la lengua en castigo por tu amabilidad—.

Se recargó en su silla, un pequeño rayo de luz se extinguió. —Sí mi reina—.


Capitulo 3

Por Macn Canner

Winter despertó varias horas antes de que la luz brillara en el cielo artificial del domo, apenas había dormido. No fue a ver a Jacin recibiendo sus latigazos, sabía que si la veía, se habría obligado a no gritar de dolor. Ella no le haría eso. Dejen que grite. Aún era más fuerte que cualquiera de ellos.
Mordisqueó obedientemente los embutidos y los quesos traídos para su desayuno. Permitió que los sirvientes la bañaran y la vistieran con seda rosa pálido. Se sentó toda una sesión con el Maestro Gertman, un taumaturgo de tercer nivel y su tutor de larga data, pretendiendo tratar de usar su don y disculpándose cuando era demasiado difícil, cuando era demasiado débil. No parecía importarle. De todos modos, pasaba la mayor parte de sus sesiones mirándola con la boca abierta, y Winter no sabría decir si diría que alguna vez hizo un verdadero espejismo.
El día artificial vino y se fue; una de las criadas le trajo una taza de leche caliente con canela, preparó su cama, y finalmente, Winter se quedó sola.
Su corazón latía con expectación.
Se puso un par de pantalones de lino ligero y un top suelto, después se puso la bata de noche para aparentar que llevaba sus ropas de cama debajo. Había pensado en esto todo el día, el plan tomó forma en su mente, como pequeñas piezas de un rompecabezas encajando juntos. Su intencional determinación había sofocado las alucinaciones.
Se desarregló el cabello para que pareciera como si hubiera despertado de un profundo sueño, apagó las luces y se subió a la cama. La mampara de araña le pegó en la frente y ella se estremeció, dando un paso hacia atrás y recuperando el equilibrio en el grueso colchón.
Winter se preparó con una respiración llena de intenciones.
Contó hasta tres.
Y gritó.
Gritó como si un asesino estuviera enterándole un cuchillo en el estómago.
Gritó como si un millar de aves estuvieran picoteándole la piel.
Gritó como si el palacio estuviera quemándose a su alrededor.
El guardia que estaba afuera de su puerta irrumpió en la habitación, con el arma desenfundada. Winter continuó gritando. Trastabillando sobre las almohadas, presionó su espalda contra la cabecera y arañó su cabello.
— ¡Princesa! ¿Qué pasa? ¿Cuál es el problema?—. Sus ojos se movían por la oscura habitación, buscando un intruso, una amenaza.
Agitando un brazo detrás de ella, Winter rasgó el papel tapiz, arrancando un pedazo. Cada vez era más fácil creer que estaba horrorizada. Había fantasmas y asesinos a su alrededor.
— ¡Princesa!—. Un segundo guardia entró en la habitación. Encendió la luz y Winter se alejó de ella. — ¿Que está pasando?—.
—No sé—. El primer guardia había cruzado la habitación y revisaba las cortinas de las ventanas.
— ¡Monstruo!— chilló Winter, soltando la palabra con un sollozo. —Me desperté, y estaba de pie junto a mi cama… uno de… ¡uno de los soldados de la reina!—.
Los guardias intercambiaron una mirada y el mensaje implícito era obvio, incluso para Winter.
No pasa nada. Está loca.
—Su Alteza…— comenzó a decir el segundo guardia, mientras un tercero apareció en el umbral.
Bien. Usualmente sólo había tres guardias vigilando el corredor entre su habitación y la escalera principal.
— ¡Se fue por ahí!— Cubierta por un brazo, Winter señaló su closet vestidor. —Por favor. No lo dejen escapar, por favor. ¡Por favor, encuéntrenlo!—.
— ¿Qué ha pasado?— preguntó el recién llegado.
—Ella cree que vio a uno de los soldados mutantes— se quejó el segundo guardia.
—Estaba aquí— gritó, las palabras desgarraban su garganta. — ¿Por qué no me protegen? ¿Por qué están ahí parados? ¡Vayan a buscarlo!—.
El primer guardia se veía molesto, como si esta farsa hubiera interrumpido algo más que estar de pie en el pasillo, mirando una pared. Enfundó su arma, pero dijo con autoridad: —Por supuesto, princesa. Vamos a encontrar al perpetrador y a asegurarnos de que esté a salvo—. Hizo una seña al segundo guardia y los dos de ellos caminaron hacia el armario.
Winter miró al tercer guardia y cayó en cuclillas. —Tienes que ir con ellos— le instó, con voz temblorosa y débil. —Es un monstruo enorme, con feroces dientes y garras que los harán trizas. ¡No pueden derrotarlo solos, y si fallan…!—. Sus palabras se volvieron un grito de terror. —Vendrá por mí, y no habrá nadie que lo detenga. ¡Nadie me salvará!—. Jaló su cabello, todo su cuerpo temblaba.
—Muy bien, muy bien. Por supuesto, Alteza. Espere aquí, y... trate de calmarse—. Pareciendo agradecido dejar a la princesa loca, entró junto con sus compañeros.
Tan pronto como desapareció, Winter saltó de la cama y se quitó su bata, dejándola sobre una silla.
— ¡El armario está despejado!— gritó uno de los guardias.
— ¡Sigan buscando!— respondió. —Sé que está ahí—.
Tomando un simple sombrero y los zapatos que había dejado junto a la puerta, huyó.
A diferencia de sus guardias personales, quienes la habrían llenado de preguntas y habrían insistido en escoltarla en la ciudad, los guardias que custodiaban las torres exteriores del palacio apenas se inmutaron cuando les ordenó que abrieran la puerta. Sin guardias ni vestidos finos, con su cabello recogido y su rostro escondido, podría hacerse pasar por una sirvienta en las sombras.
En cuanto pasó la puerta, empezó a correr.
Había aristócratas paseando por las azulejadas calles de la ciudad, riendo y coqueteando con sus ropas finas y sus espejismos. La luz se filtraba por las puertas abiertas, la música sonaba al pasar por los bordes de las ventanas, y en todas partes persistía el olor a comida y el tintineo de copas, además de sombras que se besaban y suspiraban en callejones oscuros.
Así era siempre la ciudad. La frivolidad, el placer. La blanca ciudad de Artemisia, el pequeño paraíso detrás del cristal.
En el centro había una plaza y una plataforma circular, donde se llevaban a cabo obras de teatro y subastas, donde espectáculos de ilusionismo y humor subido de tono a menudo atraía a las familias de mansiones a una noche de juerga.
Las humillaciones públicas y los castigos eran frecuentes en la agenda.
Winter jadeaba, exhausta y mareada por su éxito, la tarima apareció a la vista. La vio y el anhelo en su interior debilitó sus rodillas. Tuvo que tomarse un momento para recuperar el aliento.
Estaba sentado de espaldas al enorme reloj de sol en el centro de la tarima, un instrumento tan inútil que llamaba la atención durante estas largas noches. Sus brazos desnudos fueron atados con cuerdas, su barbilla desplomada contra su clavícula, su pálido cabello ocultaba su rostro. Conforme Winter se le acercaba, pudo ver las marcas de los latigazos en todo el pecho y el abdomen, salpicadas de sangre seca. Habría más en la espalda. Su mano debía estar ampollada de agarrar el látigo. Levana había proclamado un castigo auto-infligido, pero todo el mundo sabía que Jacin estaría bajo el control de un taumaturgo. No había nada ‘auto-infligido’ en eso.
Había escuchado que Aimery se había ofrecido voluntario para hacerlo. Seguramente disfrutó cada herida.
Jacin levantó la cabeza cuando ella llegó al borde de la tarima. Sus ojos se encontraron, Winter miraba a un hombre que había sido golpeado, atado, ridiculizado y atormentado todo el día, y por un momento estuvo segura de que ya se había roto. Otro de los juguetes rotos de la reina.
Pero entonces uno de los lados de su boca se elevó, y la sonrisa alcanzó sus ojos sorprendentemente azules, se veía tan radiante y acogedor como el sol naciente.
—Hola, revoltosa— dijo, apoyando su cabeza contra el dial.
Con eso, el terror de las últimas semanas se desvaneció. Estaba vivo. Estaba en casa. Todavía era Jacin.
Se aproximó a la tarima. — ¿Tienes alguna idea de lo preocupada que he estado?— dijo, acercándosele. —No sabía si habías muerto o si te habían tomado como rehén, o si habías sido devorado por uno de los soldados de la reina. La incertidumbre me estaba volviendo loca—.
Jacin arqueó una ceja.
Winter frunció el ceño. —No te atrevas a decirlo—.
—No iba a hacerlo—. Giró los hombros tanto como lo dejaron las ataduras. Sus heridas se abrieron y rozaron con el movimiento y su rostro se retorció de dolor, pero fue breve.
Fingiendo no darse cuenta, Winter se sentó con las piernas cruzadas frente a él, inspeccionando las heridas. Quería tocarlo, pero le aterraba tocarlo. Por lo menos eso no había cambiado. — ¿Te duele mucho?—.
—Es mejor que estar en el fondo del lago—. Su sonrisa se volvió burlona, sus labios se habían agrietado. —Me trasladarán a un tanque de suspensión mañana por la noche. Medio día más y estaré como nuevo—. Entrecerró los ojos. —Espero que no hayas venido a traerme comida. Quisiera mantener mi lengua en su lugar, gracias—.
—No. Solo te traje una cara simpática—.
—Simpática—. Su mirada se posó en ella, todavía mostrando su amable sonrisa. —Eso es un eufemismo—.
Winter bajó la cabeza, dándose la vuelta para ocultar las tres cicatrices en la mejilla derecha. Durante años, Winter se había hecho a la idea que cuando las personas la miraban, era porque las cicatrices las disgustaban. Una rara desfiguración en su mundo de la perfección. Pero entonces una sirvienta le dijo que no les disgustaban, que les maravillaban. Le dijo que las cicatrices la hacían ver interesante y que, de alguna manera, por extraño que fuera, la hacían ver hermosa. Hermosa. Una palabra que Winter siempre había oído en todas partes. Una hermosa niña, una hermosa chica, una hermosa señorita, tan hermosa, muy hermosa… y las miradas que acompañaban a la palabra siempre la hacían querer usar un velo como el de su madrastra para esconderse de los susurros.
Jacin era la única persona que podía hacerla sentir hermosa sin que pareciera como una cosa mala. No recordaba que hubiera usado la palabra, o que siquiera le hubiera dicho algún cumplido. Siempre se ocultaban tras las bromas descuidadas que hacían que su corazón se acelerara.
—No bromees— dijo, confundida por la forma en que la miraba, por la forma en que siempre la miraba.
—No estaba bromeando— dijo, totalmente despreocupado.
En respuesta, Winter extendió la mano y le dio un golpe en el hombro.
Jacin se estremeció, y ella se quedó sin aliento, recordando sus heridas. Pero la risa de Jacin era cálida. —Esta no es una lucha justa, princesa—.
Winter regresó la tácita disculpa. —Ya era mi turno de tener la ventaja—.
Miró atrás de ella, hacia las calles. — ¿Dónde están tus guardias?—.
La cálida sonrisa se llenó de exasperación. —Princesa, no puedes salir sola. Si algo te pasara—.
— ¿Quién va a hacerme daño aquí, en la ciudad? Todo el mundo sabe quién soy—.
—Sólo se necesita un idiota, demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere y demasiado borracho para controlarse—.
Winter se sonrojó y apretó la mandíbula.
Jacin frunció el ceño, inmediatamente arrepentido. —Princesa…—.
—Correré todo el camino de vuelta al palacio. Estaré bien—.
Él suspiró, y Winter inclinó la cabeza, deseando haber traído algún tipo de ungüento para sus heridas. Levana no dijo nada sobre medicina, y el imaginárselo atado, indefenso… y sin camisa, incluso si estaba ensangrentado y sin camisa, le hacía contraer los dedos de forma extraña.
—Quería estar a solas contigo— dijo, centrándose en su rostro. —Ya nunca estamos a solas—.
—No es adecuado que las princesas de diecisiete años de edad estén a solas con jóvenes que tienen intenciones cuestionables—.
Ella rió. — ¿Y qué tal con un joven que ha sido su mejor amigo desde antes de aprender a caminar?—.
Sacudió la cabeza. —Esos son los peores—.
Winter resopló, un auténtico resoplido de alegría que hizo que el rostro de Jacin se iluminara de nuevo.
Pero el humor era agridulce. La verdad era que Jacin sólo la tocaba cuando la ayudaba a superar una alucinación. Por lo demás, no la había tocado deliberadamente en años. No desde que tenía catorce años y él tenía dieciséis, y había tratado de enseñarle Vals Eclipse con resultados un tanto embarazosos.
En estos días, ella habría vendido la Vía Láctea con tal de que sus intenciones hubieran sido un poco menos honorables.
Su sonrisa comenzó a esfumarse. —Te he echado de menos— dijo.
Jacin apartó la mirada y se movió para tratar de estar más cómodo contra el dial. Por la forma en que apretaba la mandíbula, Winter podía decir lo mucho que le dolía cada movimiento. — ¿Cómo está tu cabeza?— preguntó Jacin.
—Las visiones vienen y se van— dijo, —pero no parecen estar empeorando—.
— ¿Has tenido una hoy?—.
Jugueteó con un pequeño defecto de la tela de sus pantalones, pensando en volver. —No, no desde el juicio de ayer. Me convertí en una chica de hielo y Aimery perdió la cabeza. Literalmente—.
—No me importaría si esa última se hiciera realidad—.
Winter lo acalló.
—Lo digo en serio. No me gusta la forma en que te mira—.
Winter miró por encima del hombro, pero los patios que rodeaban al estrado estaban vacíos. Sólo el bullicio lejano de la música y la risa le recordó que estaban en una metrópolis.
—Has vuelto a la Luna— dijo. —Debes tener cuidado con lo que dices—.
— ¿Me estás aconsejando cómo ser discreto?—.
—Jacin…—.
—Hay tres cámaras en esta plaza. Dos en los lámpras detrás de ti y una escondida en roble detrás del reloj de sol. Ninguna tiene audio. A menos que Levana haya contratado personas que sepan leer labios, ¿no?—.
Winter lo miró. — ¿Cómo se puede saber con seguridad?—.
—La vigilancia era una de las especialidades de Sybil—.
—Con todo, la reina pudo haberte matado ayer. Necesitas tener cuidado—.
—Lo sé, princesa. No tengo ningún interés en regresar a la sala del trono si no es como leal guardia—.
Un estruendoso ruido llamó la atención de Winter. Más allá de la cúpula, las luces de una docena de naves espaciales se desvanecían a medida que cruzaban el estrellado cielo. Se dirigían a la Tierra.
—Soldados—murmuró Jacin. Winter no supo decir si lo decía como una declaración o una pregunta. — ¿Cómo van los planes de guerra?—.
—Nadie me dice nada. Pero Su Majestad parece satisfecha con nuestras victorias... aunque todavía está furiosa por el emperador secuestrado, y la boda cancelada—.
—No se canceló. Sólo se retrasó—.
—Trata de decirle eso—.
Gruñó.
Winter se apoyó en los codos, ahuecando su barbilla. — ¿El ciborg realmente tiene un dispositivo como dijiste? ¿Uno que puede evitar que la gente sea manipulada?—.
Una luz chispeó en los ojos, como si le hubiera recordado algo importante, pero cuando trató de inclinarse hacia ella, sus ataduras lo detuvieron. Hizo una mueca y maldijo entre dientes.
Winter se le acercó más, acortando la distancia ella misma.
—Eso no es todo— dijo. —Supuestamente, ese dispositivo evita que los Lunares usen su don—.
—Sí, mencionaste eso en la sala del trono—.
Su mirada se dirigió a ella. —Y protege sus mentes. Ella me dijo que evita que se…—.
Vuelvan locos.
No tuvo que decirlo en voz alta, no cuando su rostro tenía tanta esperanza, como si hubiera resuelto el problema más grande del mundo. Ambos entendían la trascendencia del asunto.
Ese dispositivo podía curarla.
Los dedos de Winter se estremecieron y los puso bajo la barbilla. —Dijiste que no había más de esos—.
—No. Pero si pudiéramos encontrar los planos del invento... para siquiera saber que es posible...—.
—La reina hará cualquier cosa para impedir que sea producido—.
Su expresión se ensombreció. —Lo sé, pero tenía que ofrecer algo. Si tan sólo Sybil no me hubiera arrestado en primer lugar, esa bruja ingrata—. Winter sonrió, y cuando Jacin captó la mirada, su irritación se desvaneció. —No importa. Ahora que sé que es posible, voy a encontrar una manera de hacerlo—.
—Las alucinaciones nunca son tan malas cuando estás cerca. Van a mejorar ahora que estás de vuelta—.
Su mandíbula se tensó. —Lamento haberme ido. Me arrepentí apenas me di cuenta de lo que había hecho. Todo sucedió muy rápido, y entonces no podía volver por ti. Yo sólo... te abandoné aquí. Con ella. Con ellos—.
—No me abandonaste. Fuiste tomado como rehén. No tenías opción—.
Jacin apartó la mirada.
Ella se enderezó. — ¿Qué no fuiste manipulado?—.
—No todo el tiempo— susurró, como una confesión. —Elegí ponerme de su lado, cuando Sybil yo estuvimos en su nave—. La culpa se apoderó de su rostro, y era una expresión tan extraña en él que Winter no estaba segura de haberla interpretado bien. —Entonces los traicioné—. Golpeó su cabeza contra el reloj de sol, más fuerte de lo necesario. —Soy tan idiota. De seguro me odias—.
—Puede que seas un idiota, pero déjame decirte algo: eres un idiota encantador—
Sacudió la cabeza. —Tú eres la única persona en la galaxia que alguna vez me llamaría adorable—.
—Soy la única persona en la galaxia lo suficientemente loca como para creerlo. Ahora dime lo que has hecho para que deba odiarte—.
Tragó saliva con fuerza. — ¿Recuerdas a esa ciborg que Su Majestad está buscando?—.
—Linh Cinder—.
—Sí. Bueno, pensé que sólo era una chica loca en una misión suicida, ¿verdad? Pensé que iba a conseguir que nos mataran a todos con esas fantasías de secuestrar al emperador y derrocar a la reina... al escuchar sus planes, cualquiera hubiera pensado eso. Así que pensé, prefiero tener una oportunidad y regresar contigo, si podía. Dejen que ella lance su vida por la borda—.
—Pero Linh Cinder secuestró al emperador. Y se escapó—.
—Lo sé—. Regresó su atención a Winter. —Sybil tomó raptó a uno de sus amigos, una chica llamada Scarlet. ¿No se supone que la cono…?—.
Winter sonrió. —Oh sí. La reina me la dio como una mascota, y está encerrada en la casa de fieras. Me agrada mucho—. Su frente se arrugó. —Aunque no sabría decir si yo le agrado a ella o no—.
Jacin se estremeció ante un repentino dolor desconocido y se tomó un momento para recuperarse. — ¿Puedes hacerle llegar un mensaje de mi parte?—.
—Por supuesto—.
—Tienes que ser cuidadosa. No te lo diré si no puedes ser discreta… por tu propio bien—.
—Puedo ser discreta—.
Jacin parecía escéptico.
—Puedo. Seré tan sigilosa como un espía. Tan sigilosa como tú—.
Winter se acercó un poco más.
Él bajó la voz, como si ya no estuviera tan seguro de que esas cámaras no tienen audio. —Dile que van a venir por ella—.
Winter lo miró. —Venir por... ¿venir aquí?—.
Asintió, un sutil movimiento de cabeza. —Y creo que en serio podrían tener una posibilidad—.
Con el ceño fruncido, Winter se adelantó y metió los mechones sudoroso y sucio cabello de Jacin detrás de las orejas. Se tensó por el contacto, pero no se apartó. —Jacin Clay, no entiendo nada de lo que dices—.
—Linh Cinder—. Su voz se volvió apenas un suspiro y se inclinó aún más cerca para escucharlo. Un rizo de su cabello cayó sobre su hombro. Se lamió los labios. —Ella es Selene—.
Cada músculo de su cuerpo se tensó. Se echó hacia atrás. —Si Su Majestad escucha lo que dices…—.
—No voy a decírselo a nadie más. Pero tenías que saberlo—. Sus ojos se arrugaron en las esquinas, llenos de simpatía. —Sé que la querías—.
Su corazón palpitaba. — ¿Mi Selene?—.
—Sí. Pero... lo lamento, princesa. Creo que no se acuerda de ti—.
Invierno parpadeó, dejando que la fantasía la llenara por un momento nebuloso. Selene, viva. ¿Su prima, su amiga? Viva.
Winter frunció sus hombros contra el cuello, enterrando las esperanzas. —No. Ella está muerta. Yo estaba allí, Jacin. Vi lo que pasó en el incendio—.
—Tú no la viste—.
—Pero encontraron…—.
—Carne carbonizada. Lo sé—.
—Un montón de cenizas en forma de niña—.
—Sólo eran cenizas. Mira, yo tampoco lo creía, pero ahora estoy seguro—. Una esquina de su boca se elevó, algo así como orgullo. —Ella es nuestra princesa perdida. Y está por volver a casa—.
Winter oyó un carraspeo a sus espaldas y su esqueleto casi saltó de su piel. Giró su torso alrededor, cayendo sobre su codo.
Su guardia personal estaba parado al lado de la tarima, con el ceño fruncido.
— ¡Ah!—. Con el corazón revoloteando como un millar de pájaros asustados, Winter mostró una sonrisa de alivio. — ¿Atraparon al monstruo?—.
No le devolvió la sonrisa, ni siquiera hubo un rubor en sus mejillas, algo normal cuando ella dirigía esa mirada particular. En su lugar, su ceja derecha comenzó a temblar.
—Su Alteza.He venido para regresarla y escoltarla al palacio—.
Enderezándose, Winter juntó las manos delante de su pecho. —Claro. Que amable es al preocuparse por mí—. Miró a Jacin, quien estaba siendo observado por el guardia con desconfianza. Era de esperarse. Él miraba a todos con desconfianza. —Me temo que mañana será un día aún más difícil, Sir Clay. Trate de pensar en mí cuando pueda—.
— ¿Intentar, princesa?— Le sonrió. —Me temo que no puedo pensar en nada más—.

Les ha gustado? esperemos pronto tengamos el libro en español!
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